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15 de octubre de 2026
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La gestión de conflictos es el conjunto de criterios y prácticas que usa una organización para detectar, encauzar y resolver los desacuerdos entre personas antes de que dañen el trabajo. No consiste en evitar que haya conflictos —eso es imposible y además empobrece las decisiones—, sino en decidir cuáles merecen intervención, quién debe intervenir y en qué momento. Un conflicto bien gestionado deja una decisión mejor y una relación más clara; uno mal gestionado deja una baja, una renuncia o un equipo que deja de hablarse.
En formación corporativa esto importa por una razón concreta: la mayoría de los conflictos de empresa no se resuelven con una política nueva, sino con mánagers capaces de sostener una conversación difícil a tiempo. Según el CIPD Good Work Index 2024, el 25 % de los empleados del Reino Unido vivió un conflicto laboral en los doce meses anteriores —unos ocho millones de personas— y solo el 54 % de ellos se declaraba satisfecho con su trabajo, frente al 77 % de quienes no habían tenido ninguno. La diferencia entre unas empresas y otras no está en cuántos conflictos tienen, sino en cómo los gestionan.
El argumento de que «los conflictos son normales» es cierto y, al mismo tiempo, es la excusa más usada para no hacer nada. Lo que no es normal es el coste de dejarlos correr, y a diferencia de lo que suele decirse en los artículos sobre el tema, ese coste está medido. Estas son las cifras más sólidas disponibles, con su fuente y su año, para que puedas usarlas en un comité de dirección sin que te las discutan.
| Qué se mide | Dato | Fuente |
|---|---|---|
| Coste anual para las empresas | 28.500 millones de libras al año en Reino Unido, algo más de 1.000 £ por empleado | Acas, <em>Estimating the costs of workplace conflict</em> (2021) |
| Personas afectadas | 9,7 millones de empleados vivieron un conflicto en el ejercicio 2018-2019 | Acas (2021) |
| Prevalencia actual | 25 % de la plantilla en los últimos 12 meses, unos 8 millones de personas | CIPD Good Work Index (2024) |
| Tiempo absorbido | 2,1 horas por empleado y semana dedicadas a lidiar con conflictos; el 85 % afirma enfrentarse a ellos | CPP, <em>Workplace Conflict and How Businesses Can Harness it to Thrive</em> (2008) |
| Impacto en rotación | 33 % de quienes viven conflictos se plantean irse en 12 meses, frente al 16 % de quienes no | CIPD Good Work Index (2024) |
Las cifras agregadas sirven para justificar el presupuesto, pero no para convencer a un director de área. Para eso hay que poner el número de su equipo. Esta estimación sencilla funciona y se puede hacer en cinco minutos con datos que ya tienes:
Un ejemplo real de cómo sale el número: dos personas de un equipo de ocho llevan seis semanas en un desacuerdo abierto sobre el reparto de un proyecto. Cada una dedica unas 3 horas semanales al asunto y otras cuatro personas del equipo pierden 1 hora a la semana haciendo de intermediarias. Son 10 horas semanales durante 6 semanas, es decir 60 horas. A un coste empresa de 35 € por hora, unos 2.100 € en un solo conflicto de intensidad media. No incluye la decisión que no se ha tomado, el proyecto que va tarde ni el riesgo de que alguien se vaya; Acas señala precisamente las dimisiones como una de las mayores partidas del coste total del conflicto.
El valor de hacer esta cuenta no es la precisión —es una estimación y hay que presentarla como tal—, sino que convierte «hay mal rollo en el equipo» en una cifra sobre la que se puede decidir.
Los conflictos en las empresas surgen por motivos que van desde las diferencias individuales hasta problemas estructurales en la organización. Identificar la causa real es lo que marca la diferencia entre resolver el conflicto y limitarse a apagarlo: cada causa tiene una solución distinta y, sobre todo, una señal temprana distinta. Estas son las cinco más frecuentes y cómo detectarlas antes de que estallen.
Cada persona tiene su propio estilo de trabajo y su forma de entender lo que es aceptable. Cuando esas diferencias no se reconocen, aparecen fricciones constantes, especialmente en equipos diversos o recién formados.
Señal temprana: dos personas que empiezan a evitarse en las reuniones y prefieren tratar los temas por escrito aunque sea más lento.
La comunicación deficiente es el mayor desencadenante de conflictos en las empresas. Mensajes malinterpretados, información incompleta o decisiones que se comunican tarde generan ruido entre los miembros del equipo. Una comunicación interna bien estructurada no evita los desacuerdos, pero evita los que nacen de un malentendido, que son la mayoría.
Señal temprana: varias personas reconstruyen de forma distinta la misma decisión o el mismo encargo.
La competitividad es sana mientras estimula la mejora, pero cuando el sistema de reconocimiento premia el resultado individual por encima del colectivo, se convierte en rivalidad, desconfianza y bloqueo de la cooperación.
Señal temprana: la información deja de compartirse de forma espontánea y empieza a pedirse formalmente.
La falta de claridad en los roles y las responsabilidades sobrecarga a unos mientras otros se sienten infrautilizados. Es la causa que más resentimiento genera a medio plazo, porque la persona sobrecargada interpreta la situación como una injusticia y no como un error de planificación. Si quieres profundizar en esa deriva, aquí analizamos cómo identificar y reducir el resentimiento laboral.
Señal temprana: frases del tipo «eso no es mío» o «al final siempre acabo haciéndolo yo» en reuniones ordinarias.
Los líderes son determinantes en la gestión de conflictos. Cuando el liderazgo no fija criterios claros, no media en las disputas o no sabe gestionar las emociones del equipo, los conflictos se intensifican. Un mánager que evita sistemáticamente el conflicto no mantiene la paz: acumula deuda.
Señal temprana: el equipo lleva los problemas a recursos humanos o a un par antes que a su responsable directo.
Cada persona afronta los conflictos de forma distinta según su personalidad, su experiencia y el entorno en el que está. El marco que se usa para describir esas reacciones no es una lista improvisada: lo formularon los psicólogos Kenneth Thomas y Ralph Kilmann en 1974, y cruza dos ejes de comportamiento —la asertividad, o cuánto se defienden los intereses propios, y la cooperación, o cuánto se atienden los de la otra parte—. De ese cruce salen los cinco estilos que se describen a continuación.
La lectura importante del modelo es que ningún estilo es el correcto. Evitar un desacuerdo trivial sobre un procedimiento menor es una decisión inteligente; evitar un indicio de acoso es una negligencia. El error no está en usar un estilo, sino en usar siempre el mismo.
Prioriza los intereses propios sin atender a los de la otra parte. Resulta eficaz cuando hay que decidir rápido y alguien tiene que asumir la decisión, y destructivo cuando se convierte en la forma habitual de resolver.
Busca un acuerdo que satisfaga a ambas partes. Exige diálogo abierto, empatía y tiempo. Es el único estilo que resuelve el conflicto de raíz, y también el más caro en horas.
Ambas partes renuncian a algo para cerrar el asunto. No produce la mejor solución, pero produce una solución, que muchas veces es lo que hace falta.
Evita la confrontación con la esperanza de que el problema se disuelva. Es válido para asuntos menores o para ganar tiempo deliberadamente; es dañino cuando se usa por defecto.
Renuncia a los intereses propios para mantener el clima. Preserva las relaciones a corto plazo y, repetido, genera insatisfacción en quien siempre cede.
| Estilo | Cuándo funciona | Riesgo si se abusa |
|---|---|---|
| Competitivo | Decisiones urgentes, crisis, asuntos innegociables o de seguridad | Ambiente hostil y pérdida de información: el equipo deja de avisar de los problemas |
| Colaborativo | Conflictos de fondo entre personas que deben seguir trabajando juntas, con tiempo disponible | Consume muchas horas y paraliza decisiones menores que no lo merecían |
| Compromiso | Cuando hace falta una salida viable y rápida y ninguna parte puede quedarse sin nada | Soluciones superficiales que reabren el mismo conflicto semanas después |
| Evasivo | Asuntos triviales, momentos de alta tensión emocional o cuando falta información clave | Acumulación de tensiones no resueltas que estallan juntas y fuera de contexto |
| Adaptativo | Cuando la relación importa mucho más que el asunto concreto, o cuando te has equivocado | Frustración y falta de reconocimiento de quien siempre cede; refuerza al que impone |
Conocer los cinco estilos sirve de poco sin un criterio para elegir. Para decidir basta con responder a tres preguntas: cuánto importa el resultado concreto, cuánto importa la relación a futuro y cuánto tiempo tienes. Estos son seis escenarios habituales y el estilo que mejor funciona en cada uno.
| Situación | Estilo recomendado | Por qué |
|---|---|---|
| Dos miembros del equipo discrepan sobre cómo repartirse un proyecto largo | Colaborativo | El resultado y la relación importan, y hay tiempo para construir un acuerdo que aguante |
| Incidencia en cliente con el servicio caído y dos criterios enfrentados | Competitivo | El coste de no decidir supera al de decidir mal; se revisa después, no durante |
| Desacuerdo sobre el formato de un informe interno | Evasivo | El asunto no justifica el tiempo de gestionarlo; decide quien lo firma y se sigue |
| Dos áreas se disputan un presupuesto limitado y la fecha de cierre es mañana | Compromiso | No hay margen para una solución óptima y ninguna de las dos puede quedarse a cero |
| Un colaborador señala un error tuyo delante del equipo y tiene razón | Adaptativo | Reconocerlo cuesta poco y construye más confianza que cualquier discurso sobre cultura |
| Tensión recurrente entre dos personas que ya no se hablan directamente | Colaborativo con un tercero | El conflicto ha pasado del asunto a las personas: hace falta alguien imparcial |
La pregunta que de verdad se hace un mánager no es qué es un conflicto, sino si este conflicto concreto le toca a él. Para responderla ayuda el modelo de escalada que describió el investigador austríaco Friedrich Glasl en 1980, que divide la progresión de un conflicto en nueve fases agrupadas en tres niveles. Su aportación no es la descripción, sino la consecuencia práctica: en cada nivel funciona una intervención distinta, y la que sirve en el primero es inútil en el tercero.
La señal que marca el salto de nivel es siempre la misma: el conflicto deja de ser sobre algo y pasa a ser sobre alguien. Mientras las partes discutan sobre el trabajo, el conflicto es recuperable por ellas mismas. Cuando empiezan a discutir sobre la otra persona, ya no. Decidir cuándo intervenir y cuándo dejar que un equipo resuelva solo es, de hecho, una de las competencias que se entrenan en el curso de gestión de conflictos para mánagers del catálogo de isEazy Skills.
| Nivel | Qué se ve en el equipo | Quién debe intervenir |
|---|---|---|
| 1. Tensión sobre el asunto | Discuten de criterios y plazos; se ponen tensos pero siguen buscando una solución conjunta y se hablan con normalidad | Nadie desde fuera: las partes, con un plazo explícito fijado por el mánager |
| 2. El conflicto se personaliza | Dejan de hablarse directamente, buscan aliados en el equipo, cada uno tiene su versión y acumula pruebas | El mánager, en conversaciones por separado primero y conjunta después, con acuerdo escrito |
| 3. Daño por encima del resultado | Prefieren que el otro pierda aunque pierda el proyecto; hay bajas, amenazas de salida o el mánager ya es parte del problema | Un tercero imparcial: recursos humanos o mediación externa. Si hay indicios de acoso, el protocolo |
Gestionar un conflicto exige habilidades interpersonales, inteligencia emocional y un método. Estas siete estrategias funcionan, pero funcionan de verdad cuando se concretan: por eso cada una va con un ejemplo de lo que significa aplicarla un martes por la mañana, y no solo con la definición.
La comunicación asertiva consiste en decir lo que hay que decir sin agresividad y sin rodeos. En la práctica es sustituir el juicio por el hecho y el reproche por la petición.
En concreto: en lugar de «nunca cuentas con el equipo para nada», decir «en las dos últimas decisiones de alcance me he enterado por el acta; me gustaría que me consultaras antes de cerrarlas». Describe el hecho, el efecto y lo que pides. Las tres partes, y en ese orden.
Muchos conflictos crecen porque una de las partes no se siente escuchada, no porque no se le haya dado la razón. La escucha activa —atención plena, reformular lo dicho, preguntar para aclarar— es lo que separa una conversación que baja la tensión de una que la sube.
En concreto: antes de dar tu opinión, resume la posición de la otra persona hasta que te confirme que la has entendido bien. Si no puedes reformular su argumento de forma que lo acepte, todavía no estás en condiciones de responderle.
El conflicto rara vez está en lo que se discute. Hay que investigar si detrás hay expectativas desalineadas, un fallo de comunicación o una diferencia de criterio real, porque cada una se resuelve de otra forma.
En concreto: pregúntate si este conflicto ya ha pasado antes con otras personas en el mismo puesto. Si la respuesta es sí, el problema no son las personas: es el diseño del trabajo, y mediar no lo va a arreglar.
Negociar bien es separar las posiciones (lo que cada uno pide) de los intereses (por qué lo pide). Casi siempre hay varias formas de satisfacer un interés, y solo una de satisfacer una posición.
En concreto: si dos personas quieren el mismo recurso, pregunta para qué lo quiere cada una. Es frecuente descubrir que una lo necesita la semana que viene y la otra el mes que viene, y que no había tal conflicto. La negociación y la gestión de conflictos son, de hecho, dos de los contenidos del curso online de gestión de conflictos para mánagers de isEazy Skills: 60 minutos, formato microlearning con escenarios prácticos.
Tanto si eres líder, mediador o parte implicada, evaluar la situación sin juicios apresurados y sin favorecer a nadie es lo que hace que el acuerdo se sostenga. La neutralidad, además, es un activo que se gasta: basta una intervención percibida como parcial para no poder volver a mediar en ese equipo.
En concreto: si ya has comentado el caso con una de las partes en tono de complicidad, asume que has perdido la neutralidad y busca a otra persona para mediar. Reconocerlo es más barato que fingir imparcialidad.
Tener un procedimiento conocido evita que las tensiones pequeñas crezcan. No hace falta un manual: hace falta que todo el mundo sepa a quién acudir, en qué plazo obtendrá respuesta y qué pasa si no se resuelve en el primer intento.
En concreto: define por escrito los tres pasos —las partes, el mánager, recursos humanos— con un plazo para cada uno. La mitad del valor de un proceso está en que nadie tenga que decidir si «esto es como para molestar a alguien».
Los conflictos son inevitables, pero en un entorno de confianza se resuelven antes y con menos daño. Eso se construye con desarrollo de habilidades socioemocionales y formación continua, no con una frase en el manual de bienvenida. Si quieres un mapa de qué competencias priorizar, nuestro whitepaper sobre las power skills imprescindibles en 2026 recoge las que más peso tienen en esta capa.
En concreto: mide si la gente discrepa en las reuniones. Un equipo donde nadie contradice nunca al responsable no es un equipo sin conflictos: es un equipo donde los conflictos no se ven.
Las estrategias marcan el enfoque; las herramientas son lo que usas cuando ya tienes el conflicto delante. Estas tres cubren la mayoría de las situaciones de un equipo, y cada una tiene un momento concreto en el que es la adecuada.
La mediación estructura la conversación a través de un tercero imparcial que no decide, sino que facilita. Su valor está en devolver a las partes la capacidad de acordar, no en imponer una solución. Las tres técnicas que la sostienen son la escucha activa para entender los intereses reales, la reformulación para asegurar que el mensaje llega tal como se emitió, y la construcción de acuerdos concretos y verificables.
Conviene saber dónde está su límite: la mediación no arregla un problema estructural. Si el conflicto nace de una ambigüedad en los roles o de un sistema de incentivos mal diseñado, la mediación lo calma y el conflicto vuelve con otras personas.
El feedback es la herramienta preventiva por excelencia: corrige comportamientos antes de que se conviertan en un problema. Para que funcione tiene que ser específico —comportamientos, no rasgos de personalidad—, equilibrado entre lo que hay que corregir y lo que hay que sostener, y regular, porque un feedback que solo llega cuando algo va mal se interpreta siempre como un reproche. Aquí detallamos cómo dar feedback eficaz a tus empleados paso a paso.
El mapeo convierte una situación emocional en un problema analizable. Es la herramienta que usar antes de convocar a nadie, y se hace en cuatro pasos sobre un folio:
Hacer este mapa antes de la primera conversación reduce la carga emocional y, sobre todo, evita el error más caro: convocar una reunión conjunta sin saber todavía cuál es el problema.
Hay un punto en el que la gestión de conflictos deja de ser una cuestión de habilidades y pasa a ser una obligación legal, y es un punto que la mayoría de los contenidos sobre el tema no menciona. Conviene que un mánager lo tenga claro, porque confundir los dos planos es uno de los errores con más consecuencias.
La diferencia es la asimetría. Un conflicto enfrenta a partes que discuten sobre algo concreto desde posiciones en principio equiparables. El acoso es una conducta dirigida contra una persona, reiterada, que atenta contra su dignidad y crea un entorno intimidatorio. En un conflicto hay algo que negociar; en el acoso no hay negociación posible, hay una conducta que la empresa está obligada a investigar.
En España esa obligación está concretada. El Real Decreto 1026/2024, de 8 de octubre, exige que las medidas planificadas de igualdad y no discriminación de las personas LGTBI incluyan en todos los casos un protocolo frente al acoso y la violencia, cuyo contenido debe ajustarse como mínimo a lo previsto en su anexo II, y su ámbito de aplicación alcanza no solo a la plantilla, sino también a personas candidatas, personal puesto a disposición, proveedores, clientes y visitas. La obligación se vincula al umbral de más de 50 personas trabajadoras del artículo 15.1 de la Ley 4/2023; por debajo de ese umbral, la vía habitual es negociar medidas específicas dentro del protocolo frente al acoso sexual o por razón de sexo, cuya exigencia proviene del artículo 48 de la Ley Orgánica 3/2007.
La consecuencia práctica para quien lidera un equipo es sencilla de enunciar y difícil de cumplir sin formación previa: ante indicios de acoso, el trabajo del mánager no es mediar, es activar el protocolo. Mediar en un caso de acoso no es un atajo bienintencionado; sitúa a la víctima en una negociación que no le corresponde y expone a la empresa. Por eso la formación en gestión de conflictos para responsables de equipo debería incluir siempre, además de las técnicas, el criterio para reconocer dónde está esa frontera.
Esta sección describe obligaciones vigentes a fecha de publicación y no sustituye al asesoramiento jurídico ni al protocolo concreto de tu organización.
Prevenir no es evitar los desacuerdos, sino conseguir que se resuelvan en el nivel 1 y no lleguen al 2. Las empresas que lo logran no tienen equipos más tranquilos: tienen equipos donde discrepar es barato.
Una comunicación clara evita los conflictos que nacen de un malentendido, que son la mayoría. Cuando todo el mundo sabe qué se espera de él y por qué se ha tomado una decisión, el margen para la interpretación —y para el agravio— se reduce.
La falta de alineación genera frustración. Definir roles y responsabilidades desde el principio, comunicar los criterios de decisión de forma accesible y hacer seguimiento con regularidad es lo que evita el «yo pensaba que esto lo llevabas tú». La formación en liderazgo tiene aquí un efecto directo y medible sobre el número de conflictos que llegan a recursos humanos.
Una cultura de feedback constante permite detectar los problemas mientras todavía son pequeños y refuerza la relación entre responsables y equipo.
Esta es la parte que suele faltar. Muchas organizaciones tienen los tres puntos anteriores sobre el papel y siguen acumulando conflictos, y casi siempre por una de estas tres razones: el feedback fluye hacia abajo pero no hacia arriba, de modo que el conflicto con mayor potencial de daño —el que implica al responsable— es el único que no tiene canal; el proceso existe pero nadie sabe en qué plazo obtendrá respuesta, así que se usa el pasillo; o los mánagers conocen las técnicas pero nunca han practicado una conversación difícil, y entre saber qué hay que decir y ser capaz de decirlo con la otra persona delante hay una distancia que solo se cierra con práctica. Esa es, al final, la razón por la que la gestión de conflictos se entrena con escenarios y no con teoría, y por la que la inteligencia emocional en el trabajo es la competencia que más correlaciona con mánagers que intervienen a tiempo.
STF Group es un buen ejemplo de hasta dónde llega el efecto cuando esa capa se trabaja en serio. El grupo, con más de 3.000 trabajadores y más de 500 establecimientos, alcanzó una tasa de completitud del 87 % en su programa de liderazgo desplegado con isEazy Skills en Colombia, Chile, Panamá y México. Descubre cómo lo hicieron →
De todo lo anterior se deduce una conclusión incómoda: casi ninguna de las palancas que reducen el coste de los conflictos es una política. Son conversaciones, y las conversaciones las sostienen personas concretas con una competencia concreta. Un mánager que sabe distinguir el nivel de escalada, elegir el estilo adecuado y reconocer dónde está la frontera legal resuelve en una tarde lo que a otro le cuesta tres meses y una renuncia.
Con isEazy Skills puedes formar a tus responsables de equipo en esa capa con cursos interactivos y prácticos, orientados a:
El punto de partida más directo es el curso online de Gestión de Conflictos para Managers: 60 minutos, 100 % online y a tu ritmo, nivel avanzado, con vídeo interactivo y escenarios prácticos, compatible con SCORM y disponible en ocho idiomas. Si prefieres ver antes cómo encaja en tu plan de formación, puedes solicitar una demo de isEazy Skills.
No existe una estrategia única: el modelo de Thomas y Kilmann se sostiene precisamente sobre esa idea. El estilo colaborativo da los mejores resultados cuando hay tiempo y las dos partes tienen que seguir trabajando juntas a diario, pero es el más caro en horas y se vuelve contraproducente si el asunto es menor. Para decidir, responde a tres preguntas: cuánto importa el resultado concreto, cuánto importa la relación a futuro y cuánto tiempo tienes. Si el resultado importa mucho y la relación poco, compite. Si pasa lo contrario, cede. Si importan los dos y tienes margen, colabora. Si importan los dos pero hay prisa, busca un acuerdo intermedio y revísalo más adelante.
Mientras el desacuerdo siga siendo sobre el trabajo —cómo repartir una tarea, qué criterio aplicar, en qué orden hacer las cosas— lo razonable es que lo resuelvan las personas implicadas, y el papel del mánager es crear las condiciones para que puedan: dejar claro quién decide qué, dar un espacio donde se pueda discrepar sin coste y no premiar a quien escala cada diferencia. Lo que sí conviene hacer es poner un plazo explícito. Decir «habladlo entre vosotros y, si el viernes no lo habéis cerrado, lo vemos los tres» evita el error más común, que es dejar correr indefinidamente algo que las partes ya han demostrado que no pueden resolver solas. La no intervención es una decisión con fecha de caducidad, no una política permanente.
Cuando el conflicto ha dejado de ser sobre el asunto y ha pasado a ser sobre las personas. Hay señales bastante fiables: las partes ya no se dirigen la palabra directamente y se comunican a través de terceros, cada una tiene su propia versión de los hechos y recopila pruebas, el equipo empieza a alinearse en bandos, o el mánager directo ya ha intervenido y ha perdido la neutralidad a ojos de una de las partes. Ese último punto es el más importante: si el responsable del equipo ya es parte del problema, no puede ser quien lo resuelva. Ahí entra un tercero imparcial, sea de recursos humanos o externo. Lo que la mediación no arregla es un problema estructural: si el conflicto nace de una ambigüedad en los roles, la mediación lo calma pero volverá.
Actuar rápido, pero no improvisando. El primer paso es hablar por separado con cada implicado para entender qué está pasando antes de juntarlos, porque una reunión conjunta prematura suele agravar las posiciones. Después, separa lo que es negociable de lo que no: hay cosas que se pueden acordar y otras que son una decisión de la empresa y conviene decirlo sin rodeos. Luego, una conversación conjunta con un objetivo concreto —no «aclarar las cosas», sino «decidir cómo se reparte este proyecto»— y un acuerdo escrito, aunque sean tres líneas en un correo. Por último, revísalo en dos o tres semanas: la mayoría de los acuerdos de conflicto se incumplen por olvido, no por mala fe. Si cada ciclo deja el mismo problema, deja de ser un conflicto interpersonal y es un problema de diseño del trabajo.
Es la distinción más importante y la que más se confunde. Un conflicto es un choque entre partes que, en principio, están en una posición equiparable y discuten sobre algo concreto. El acoso es una conducta dirigida contra una persona, reiterada en el tiempo, que atenta contra su dignidad y que crea un entorno intimidatorio, y ahí no hay dos partes que negociar: hay una conducta que la empresa tiene obligación de investigar. La diferencia práctica es que un conflicto se gestiona y un posible acoso se canaliza por el protocolo. En España, las empresas de más de 50 personas trabajadoras están obligadas a contar con un protocolo frente al acoso y la violencia según el Real Decreto 1026/2024, y la obligación de disponer de un procedimiento frente al acoso sexual o por razón de sexo viene del artículo 48 de la Ley Orgánica 3/2007. Si un mánager detecta indicios de acoso, su trabajo no es mediar: es activar el protocolo.
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